Me asomo al niño interior
Tener ojeras;
de tener sueños y
querer cumplirlos
a todo lo contrario;
ni tenerlos ni desearlos.
Una sonrisa,
sostenida
en mi propio puño
mientras también luzco
una herida
en la comisura de los labios,
de querer a veces tanto
y nunca atreverme a mostrarlo;
de rascar por felicidad
y ganar(me) lo contrario.
Y la gran diferencia,
ya ves,
la inocencia.
Poder echar la culpa y el miedo.
Reírme, divertir(me) y (hacer) disfrutar
con lo más mínimo.
Tener algún tipo de sentido
que no sea a mal:
del humor,
del ridículo...
Ahí está
la verdadera belleza.
La verdadera atracción.
Algunas personas siguen diciendo
lo bonito que son mis ojos;
ellos no han cambiado;
lo bonito,
lo ideal,
sería volver a mirar la vida
como hacía en mi niñez.
Siempre seré el monstruo en el que me he convertido.
Oscuridad que puede acechar
todo ser de luz y vivencia
e inmortalizar la quietud.
Como ya he hecho conmigo.
Como se refleja en esta foto;
en la mayoría de mis textos.
Hay espejos
en donde uno
ni quiere,
ni busca
arreglarse;
sentirse medianamente guapo.
Porque no se puede.
Tan solo verse.
Reflexionar.
Y asimilar.

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