Hay manzanas rojas que quedan verdes;
hay cuervos vestidos de gaviotas
en este cielo gris que tiñen de azul.
Unas nunca están maduras,
pero insisten en hacer crecer su manzano,
aunque solo sepan caer de cabeza;
otros siempre son inteligentes,
pues alzan el vuelo según convenga, en primera clase,
con picotazos de tercera precedidos por sus reformas de segunda.
Cada cuatro años,
una mayoría pega distintos bocados a la misma manzana envenenada,
y otra forma a un espantapájaros
sobre los que se asientan estos cuervos a nuestros hombros
sin dejarnos ejercer la mano.