Tus polvos son mis cenizas,
ya que en cada espasmo que suspiras,
se me penetran las colillas;
ésas que arden tu sed, y queman mis heridas,
rasgadas por cada roce que sientes de caricias,
porque ninguna de ellas son las mías.
Maldito está este deseo, pues no es más que envidia;
una pasión en celo hecha de pura avaricia.
Todo por creer que puedo tenerte durante el resto de mi
vida,
mientras se van sumando las dudas de que puedas ser mía.
Y estos celos son sólo cosa mía,
pues se pegan a cada una de mis manías: