En la arena, lucharon dos almas,
hasta los huesos encarnadas,
calados gracias al deseo al que se asaban.
De testigo se ponía el sol durante cada mañana,
de los intensos golpes bajos que empuñaban los del calor de sus labios,
las estrellas que traían este asalto desde el ring hacia la cama;
no buscaban otro título más;
tan solo aflojar el cinturón para ponerse en aprieto en batalla.
hasta los huesos encarnadas,
calados gracias al deseo al que se asaban.
De testigo se ponía el sol durante cada mañana,
de los intensos golpes bajos que empuñaban los del calor de sus labios,
las estrellas que traían este asalto desde el ring hacia la cama;
no buscaban otro título más;
tan solo aflojar el cinturón para ponerse en aprieto en batalla.