Aquí no hay un peluche barato
sino una guantera
que sujeta
un objeto de valor incalculable.
Estos pequeños golpes
(l)atentan al corazón
cuando le roba algún momento;
cuando atraca en el banco de los recuerdos.
Hace tiempo que éste mismo se llevó la niñez.
Y cuando la infancia se va,
parece que no nos puede quedar ni tan siquiera
una pequeña presunción de inocencia.
Conforme vamos creciendo,
nos vamos culpando cada vez más por ello.
La medida se hace mayor
cuando llegamos a estar adultos;
mayormente se hace hipócrita
al proclamar eso
de que la vida tiene que ser un juego de niños
mientras siguen descalificando la inmadurez,
haciéndola algo reprochable.
Disculpen.
Tal vez uno de los problemas
sea que el mundo
haya madurado tanto
que se ha podrido
y ahora no hay quien se lo trague
- salvo si aprieta la necesidad,
ya se sabe -.
De hecho,
ahora las medidas
para proteger y preservar el medio ambiente
han venido del revés;
cuando la naturaleza se ha defendido
de tanto ataque humano.
El cambio climático, supongo.
Dejen que cada un@ (se) juegue su vida
como quiera,
mientras no limite o haga daño a otra.
Creo que ésas son las únicas reglas.
Por mi parte,
no sé si soy un adulto que intenta trabajarse ser niño,
o un niño que intenta jugar a ser adulto.
No sé siquiera
si trabajo
o juego.
La vida sigue.
Me siento quieto.
No me levanto.
Y de la misma forma,
me acuesto:
apático,
culpable
y sin sueño(s).
Y es que en el fondo,
solo estoy meciendo la existencia
atormentado
para poder dormir,
incluso si lluevo.
Precipitándome
a dejar totalmente hueco
este vacío.
Por toda mi garganta;
sin voz;
en la cuerda floja
cuando vibra la falta de vivencia.
Pero intento mantener el equilibrio;
maniobrar cada uno de mis gestos
con sonrisas y compañías
que [no (se)] merezcan la pena.
Pido perdón a las personas que aprecié
- no os he dejado de querer -;
a aquellas que dejé caer conforme lo hacía yo;
a aquellas que dejé romper sobre mí.
(...)
Lo siento.
Lo siento (por) todo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario