jueves, 18 de octubre de 2018
(18-10-2018)
He prendido fuego al colchón
porque me quema
que nada ni nadie llame en mi interior;
que no tenga sueño,
ni lo coja
conforme me voy agotando en la vida.
Quizás el único sueño que llegue a alcanzar
sea el profundo.
Total, no habría chispa
que reventase una habitación de gas.
No habría vida
que actuase por una defunción en paz.
He destrozado cada espejo
para poder verme roto.
Por mucho que lo intente,
no puedo arreglarme de ello.
A-penas(,) salgo;
y de una manera u otra,
hay gente que se arregla(rá) por mí.
He aspirado alguno de sus trozos
por suspirar por el reflejo
de alguien que fui;
por cómo disfrutaba de lo bueno y afrontaba lo malo.
He pedido alcohol
para que me escuezan todas las heridas
en la misma graduación
en la que me anestesie de la vivencia.
A la vista está que,
teniendo miopía,
puedo ver mejor el cielo
que lo que tengo cerca.
Un astigmatismo para sacarme el vuelo,
sin tener alas propias
y con todos los puntos de sutura perdidos.
He esparcido migas de hierba
en un cigarro de chocolate
para perderme;
dejando otro rastro;
buscando volar a ciegas.
Y estrellándome
solo en un índice
para intentar pasarlo de fábula.
Entre líneas,
vi que tan solo estaba señalando
mis faltas de valor,
donde siempre tildaba castigo
en la tónica de la culpa
de cualquier momento.
He parado los relojes
para poder detenerme a tiempo.
Y así ando arrestado en mi cuarto,
por el doble crimen
de no entregarme al deseo cuando se delataba
y traficar por su propia influencia;
tenerlo.
Todo es una continua contra(a)dicción.
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