Tus polvos son mis cenizas,
ya que en cada espasmo que suspiras,
se me penetran las colillas;
ésas que arden tu sed, y queman mis heridas,
rasgadas por cada roce que sientes de caricias,
porque ninguna de ellas son las mías.
Maldito está este deseo, pues no es más que envidia;
una pasión en celo hecha de pura avaricia.
Todo por creer que puedo tenerte durante el resto de mi
vida,
mientras se van sumando las dudas de que puedas ser mía.
Y estos celos son sólo cosa mía,
pues se pegan a cada una de mis manías:
A mis complejos,
por hacerme ser alevosía
al cazar pieles algunas noches
para llenar mi jaula vacía,
donde me torturo por activa y pasiva,
al hacerme hielo,
picado por la pena,
durante la más ardiente compañía.
A mis tormentos,
por hacerme caer en cobardía,
por tenerte siempre en mente
y apenas hablarte cada día,
cuando estoy oscuro al alba fría,
al apresarme en silencio,
dado por condena,
tras liberarte de mi voz marchita.
Así nacen mis miedos,
que me hacen ser hipocresía,
por quererte durante el presente
y sólo hacerlo a escondidas.
Es este un macabro juego lleno
en el que quiero tener cabida;
en el que apuesto por mis sueños
y gana la realidad maldita.
Lo peor es tenerte entre ruegos y recuerdos
porque al final, sólo me sacan de mis casillas.
Y es que mi soledad es presa
de este amor aventurero,
la que vaga en solitario
para ser tu mundo entero.
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