martes, 19 de agosto de 2014

Disfraz de héroe, papel de cobarde (composición)

No sé si es mejor hacerse el héroe,
para olvidar que soy un cobarde,
al recordar que quiero a una ciudadana
y acabar acudiendo a heroínas como rescate:
algunas se corroen entre mis llaves,
y las demás me socorren por las esquinas.

Aunque unas lleven tangas como capa,
y otras sólo estén hechas polvo,
son los mejores rescates a una vida
que flota con su fortuna,
la cual aterriza al lado de sus desgracias,
por las que la siento hundida.

Y es que es pobre por sus penumbras,
y cada vez más rica en fibra;
la que está entre la muerte y la vida
tendida entre la suerte y la melancolía,
guisadas de más por no echarte nunca,
aunque siempre va a a menos,
pasándose de la nada al sueño;
el sueño que pierdo por amor, que se mantiene en vela,
la que me alumbra cada noche hasta que sale el sol,
convertido en mi propia luna, que me enfría y me orienta
a volver a buscar estrellas fugaces,
para que sean los destellos de varias noches que queman
gracias a sus luces, que se lanzan y se hacen gotas
hasta ahumarse al día que después llega.

Por eso, andando dentro de esa misma línea,
la voy recogiendo entre el temple y la cobardía,
pues se sirven en caliente hasta quedarse fríos,
con esas cerdas sin manzana vestidas de musa
para comerles hasta la boca,
dándoles mis bellotas como anzuelo,
tanto las que cultivo en secreto,
como la que cuelga en mi rama, de color roja,
que da el punto a esta soledad para que se crea
las mentiras que escucha de que no está sola.

Y como postre, azúcar glass para el cuerpo,
el cebo con el que me cuelgo, como este remedio
para ir midiendo en gramos los kilos de mi cesto;
para aligerar este corazón de contrabando que se retiene en exceso
en la aduana de mis recuerdos de camino a tu cuerpo
que derrama ante mis ojos los litros que contengo;
los que recupero con el alcohol de 90 grados con el que me enderezo,
pero la cabeza siempre olvida, pues con esta receta, nunca me encuentro;
la que me hice con 4 dosis diarias para que nazcan vueltas
e intentar dar con varias teclas,
pero con la que nunca mueren los recuerdos, pues son sus cuerdas.

De esta forma gana el pasado, pues vence en presente al tiempo.
Ya tengo tantas cuentas de mi vida en la cabeza
que ahora es mejor tener en mente la idea
de ganarme los números para pagarme los vicios de las nuevas.

Con todo ello, me caliento cuando lo necesito,
por miedo a que el guiso de dentro,
siempre insípido y revuelto,
alguna vez pase a mejor vida,
aunque siempre esté de muerte.

Esta es una de las formas en que los papeles del cobarde
coge los papeles para disfrazarse de héroe,
con la tapadera de un chef
y de un camarero villano al descubierto
sirviente la rutina, y amo de su destino.

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