Desde su invención, el dinero se ha convertido en una
necesidad cada vez mayor en nuestra sociedad para vivir en ella. Desde un punto
de vista objetivo, con él se adquieren aquellos bienes fundamentales dentro de
aquellos campos necesarios para subsistir (vivienda, alimentación, vestimenta,
salud…), por lo que se trabaja para su obtención. Además, se pueden adquirir
otros bienes y servicios opcionales, pertenecientes a campos alternativos, como
el del ocio o el de la cultura, cuyo objetivo es enriquecer y fomentar nuestro
conocimiento y/o entretenimiento.
Sin embargo, desde un punto de vista subjetivo, el dinero ha
corrompido a la sociedad, puesto que éste la ha dividido en diferentes clases
sociales, basadas en la cantidad de riqueza y en la de los bienes, así como el
valor de éstos. Además, dentro de cada clase social, en base a la media de la
riqueza dentro de cada una de ellas, existe una cada vez una mayor necesidad
por la obtención de aquellos bienes más innovadores, más sofisticados y más
modernos, especialmente dentro de los campos de la vestimenta y el de la
tecnología, cuyo objetivo es estar a la moda, con el fin de mejorar nuestra
vida social y/o laboral y nuestra posición social y/o laboral, ya sea para una
aceptación o para liderar dentro de un grupo.
Todo ello provoca un mayor consumismo, y con ello, un
crecimiento de la dependencia de bienes, y de sus posibles servicios, llegando
a la consideración de que dichos bienes son indispensables en nuestra vida. Y
es por lo que, ante esto, se recurre a medios para obtener un dinero fácil y
rápido, mediante el juego, para poder recurrir al consumismo. Aunque, ante la
imposibilidad de obtener dichos bienes mediante el consumismo, unida a la
necesidad de mantener y/o mejorar nuestra vida diaria y social, existe la
posibilidad de obtenerlos mediante el robo de éstos, unida a la violencia y/o
amenaza para ello. Este tipo de resultados son consecuencia de la división
social establecida por el dinero, unidos a la existencia de una mayor
desigualdad y de una mayor inseguridad, tanto individual como colectiva.
Con todo ello, todos los bienes, tanto los necesarios como
los opcionales, se han encarecido aún más, desde la alimentación hasta la
vivienda, pasando por libros, CD’s, películas, juguetes y todo tipo de bienes.
Es decir, la vida se ha encarecido. Frente a este encarecimiento, existe un
estancamiento en el salario laboral, mediante retenciones, bajadas e incluso
impagos de dichos salarios, consecuencias dadas en el mantenimiento del
organismo laboral y/o el beneficio personal de sus dueños. A este estancamiento
se le une, gracias a la reciente aprobación de la nueva reforma laboral, el
abaratamiento del despido y empleados anuales gratuitos en una empresa, ya que
ahora un empleado en prácticas puede trabajar gratuitamente durante el periodo
máximo de un año, sin necesidad de que éste reciba una pequeña cantidad
económica durante dicho periodo, ni reciba una compensación económica tras ese
periodo.
El encarecimiento de la vida, unida a esta situación laboral,
caracterizada por el actual número de desempleo y por la situación laboral
anteriormente detallada, crea otro estancamiento, el del consumismo. Lo que, a
su vez, el órgano gubernamental no obtiene numerosos beneficios, destinados,
teóricamente, a la ciudadanía, ya que las empresas que se encargan de
distribuir aquellos bienes reciben menos ingresos. Este nuevo estancamiento
lleva a que el gobierno plantee, adopte y promulgue nuevas medidas, de las
cuales parte de ellas afectan a situaciones nunca antes modificadas, como al
control de Internet, atentando contra numerosos derechos étnicos, como la
libertad de expresión o del intercambio de contenidos culturales, sociales y/o
educativos, mediante leyes, como, en este caso, aquellas denominadas Sinde y
SOPA, las cuales tienen el objetivo común de la defensa de la propiedad
intelectual y la de los derechos de autor, con la finalidad de fomentar el
consumismo y, a su vez, a una mayor obtención de los beneficios del gobierno.
Toda esta serie de medidas, dadas por las situaciones
anteriores (el encarecimiento de la vida y la situación laboral) llevan a un
aumento en la lucha por la subsistencia en la vida, puesto que hay una mayor
dificultad en la obtención de aquellos bienes y servicios necesarios
diariamente, y también, en mayor medida, en los opcionales.
Cuando comparo esta situación, en donde, básicamente, se
paga más y se cobra menos, con la de otros países, como en Alemania, en donde
se cobra más y se paga menos, no puedo evitar pensar que algo falla aquí en
España. Y una de las grandes diferencias
se encuentra aquí: http://www.futbolprimera.es/2012/03/29/%C2%BFentrada-90-euros-1-euros-por-minuto-%C2%A1el-futbol-no-es-sexo-telefonico
Esto me lleva a pensar que, al parecer, los diversos
miembros del gobierno, entre otras personas, no desean “sacrificar” su
beneficio personal, sino, al menos, mantenerlo, aunque para ello se tenga que garantizar
una mayor posibilidad de la subsistencia de algunos miembros de la ciudadanía a
la que gobierna y/o controla, sin posibilidad de ofrecerles facilidades para
que éstos puedan sobrevivir en la vida.
Sin analizar otras de sus posibles actividades para ése
objetivo, como el de la corrupción, con todo esto intento plasmar una crítica
constructiva por la que, no solamente los políticos, sino todos, podamos
obtener el beneficio individual que nos corresponde, ni más, ni menos, sin
tener que alterar el de los demás, ya sea en su beneficio o en su perjuicio,
independientemente del mundo laboral, pues no todos son económicamente
obsequiados del mismo modo, dados al hecho de poder trabajar, de una serie de
requisitos para ello, tanto prácticos como académicos, así como de la función
laboral que desempeña, así como a su importancia dentro de la contribución a la
sociedad. Quizás esta crítica sea utópica, pues solo teorizo, y no ofrezco
ningún modo ni forma para que todo ello pueda llevarse a cabo.
Sólo se que, de este modo, seguramente, el empleo del dinero
se base en propósitos más objetivos que subjetivos, de manera que se valoraría
más su utilidad, y se dirigiría a lo que verdaderamente necesitamos, en lugar
de pensar en lo que nos pueda proporcionar socialmente. A su vez, se valoraría
más la esencia y el contenido moral de los bienes, puesto que, detrás de cada
uno de ellos, existe un valor individual, con el que valoramos la importancia
que nos puede transmitir, con lo cual poseemos un valor individual sobre
diversos bienes, y a sus servicios, sobre el que consideramos si un producto
nos es esencial o no.
Por tanto, la felicidad se basa, pienso, en el valor moral
que se esconde detrás de los bienes y servicios que adquirimos con el dinero, y
con quienes podemos compartir dichos bienes y servicios.
Pero mientras exista gente que, pese a tener o no un fuerte
poder adquisitivo económico, siga dispuesta a comprar bienes a cualquier
precio, simplemente por cuestiones del reconocimiento y de la “confianza” de
dichos bienes, en vez de regirse por su calidad, no habrá bajada de precios, y
habrá menos diversidad de felicidad, pues mientras unos puedan comprar obras de
arte, otros posiblemente no puedan ni alimentarse. Esto bien se refleja en esta
otra página: http://es.paperblog.com/el-mercado-del-arte-178515/
Así será el mercado, y la crisis actual, la cual, al fin y
al cabo, seguirá siendo para los mismos.
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