martes, 2 de febrero de 2021

(02-02-2021)

Siempre me he culpado de sentir ciertas cosas. Siempre he temido contarlas, reconocerlas. Siempre me he habituado a contenérmelas. Y a sacarlas solo por medio de la escritura. Siempre he tenido miedo. Siempre he tenido inseguridades. Y siempre las tendré.

Pero hoy, la vida, a raíz de la situación con una persona en concreto, externa a mi entorno familiar, me han enseñado que quien quiere estar, estará contigo pese a todas las circunstancias que se puedan presentar. O que por lo menos, lo intentarán, por muy adversa o limitante que pueda parecer. Porque resulta que le resultas importante. Porque te aprecia, porque le importas. Y todo ese afecto, toda valoración e importancia que puedas ser para ciertas personas, nunca me lo creo. Nunca me lo creí. Y por tanto, nunca consideré que me lo merecía. Nunca lo interioricé de verdad. 

Llevo 7-8 años así. De mal en peor en este aspecto. Y no se confundan, en todo este tiempo aprendí a aceptarme: a aceptar mi físico, mis defectos, mis virtudes, mis complejos. A saber estar solo, y disfrutar de mi soledad, conmigo. Pasando el tiempo. Pero nunca a pensar y sentir que merecía ser feliz; que no lo merezco. A permanecer inmóvil pese a todo lo que te seguía conmoviendo. Porque no te mereces nada bueno. Y en consecuencia, rehuyes de personas, de hábitos, actividades, experiencias. De no exponerte a todas ellas, y sin embargo, reflejarlo en cuadros de depresión, de ansiedad.

Nunca me he perdonado a mí mismo, y siempre me he culpado por actuar de cierta manera o de otra. Por sentir o dejar de sentir. A alegrarte en cierta manera de eso porque siempre es bonito sentir u mostrar algo de amor hacia alguien cuando te has odiado a ti mismo, y sigues haciéndolo. Para evadirme de mí mismo, y ser esa otra parte de mí con otros. La que me echo de menos conmigo.

Cuando ves que hay personas que pueden ser felices, que lo están siendo, y/o que se perdonan a sí mismas, simplemente, las envidio sanamente, y siempre les felicito y les animo a que continúen así. Y que si quieren que forme (o continúen formando) parte de ellas, ahí me tendrán. De manera pasiva y prescindible. Como un calcetín insignificante que se puede perder ¿Cómo pueden valorarte completamente si te valoras a medias?

Llevo 7-8 años así. De mal en peor en este aspecto. Pero ya me he cansado de ser tan tonto de no aplicarme a mí toda la inteligencia emocional que sí hago hacia personas externas. Y sí, llevo esos años con ese retraso; con ese retardo. Pero espero que no sea tarde, aquí y ahora.

La vida a veces es bonita cuando puedes lograr pasear todo lo malo. Literalmente, caminar hacia adelante mientras vas llorando por todo el alivio que supone descargar parte de tu culpabilidad. Y regar así por un poco de paz, de felicidad. Sí, en tiempos muy difíciles, muy complicados. La crisis del COVID lleva casi un año con nosotros; pero la crisis personal, de identidad, junto a la existencial, lleva muchos más de los que desearía decir, los cuales, paradójicamente, ya he mencionado.

Y sobretodo, cuando brota, germina con todo ello la determinación de perdonarte, de dejar cosas atrás de verdad (aunque sin dejar de olvidarlas) y de darte una segunda oportunidad. No será un camino fácil. Y espero que no se quede en un rato, que no regrese a ese lado oscuro de no anhelar la luz. Pero tengo un libro pendiente que me ha ayudado, y que ahora, puede ser determinante: mi propia losa. Porque contendrá todas mis cargas; todas las culpas y acciones que me han pesado (y siguen pensando). Todo lo que (me) he perdido. Todo lo que pierdo. Todo lo que he contenido hasta soltarlo en palabras. Entre horas, papeles y pantallas. 

Por ello, ya advierto que, de sacarlo, no será un libro bonito, ni fácil de leer. Como yo mismo. Pero me es necesario. Y tal vez, aunque no lo sepas, a alguien le sea necesario. Sea a ti o alguien en quien piensas al leer estas palabras. Porque precisamente va de lo siguiente: de sentirte solo aunque no lo estés. De no sentirse querido y valorado, aunque te lo hagan ver. De siempre creer que no te mereces cosas buenas, aunque tengas en mente, presente, toda la fortuna que te rodea. Y castigarse siempre, sobretodo por esto último.

Como escribía Roger Wolfe en referencia a palabras de su amigo y compañero Karmelo Iribarren, uno no siempre puede escribir lo que le gusta leer. Uno no escribe necesariamente lo que quiere, sino lo que debe escribir. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio. Y quién mejor que un mierda como yo. En paro (al menos por ahora).

No hay comentarios:

Publicar un comentario