sábado, 23 de mayo de 2020

(Des)fases (23-05-2020)


Llegó aquel dinosaurio:
y en lugar de criticarlo,
le reímos las gracias.
Y así empezó todo:
con la premisa 
de reírnos peligrosamente
con quienes nos podían hacer extinguir.

Se expandió al resto;
aparecieron toreros
que esquivan
el esfuerzo de los que están en primer línea;
parece que quieren cansarlos,
dándoles estocadas,
agonizarlos de impotencia,
dolor y rabia
hasta matarlos del disgusto.

Todo por el ego,
el clamor,
el vitoreo,
las risas,
su voz,
el aplauso,
la viralidad.
Todo por salir
por la puerta grande.

Tengo que reconocerles
toda su grandeza;
todo su narcisismo
y toda su estupidez
no pueden caber en ella;
y fue así
como se saturaron todos los hospitales.

Nunca me hizo gracia
los que salían a la calle 
para hacerlas.

Nunca me hizo gracia
la torera de mucha gente
para saltarse las normas
de un confinamiento 
que ven como un juego
en lugar de una realidad.
Que deciden afrontarlo como una partida
que permita separarnos
en lugar de un punto de inflexión
para unirnos.

El estado de alarma
parece que no nos sonará:
parece que no nos despertará;
parece que no nos levantará.

Nunca me hará gracia
que se celebrara con tanta gente
el entierro de un solo hombre,
con 30000 fallecidos más 
cuyas familias quedaron hechas de sus cenizas
por no haber podido ni despedirse.

Nunca me hará gracia
la hipocresía de los que se autodenominan
amantes de la patria.
De aquellos que ondean odio e intolerancia
en la bandera de todo un país,
porque salen de forma masiva en plena pandemia
cuando en su día,
criticaron manifestaciones
mucho antes.

No me extraña 
que su mayoría estén en contra del 8M;
no ven ni siquiera
la igualdad
de condiciones
de esta manifestación
con las suyas.

Nunca me hará gracia
la hipocresía
de la falsa tolerancia
de aquella gente que no está a favor;
que muestren todo su rechazo
contramanifestándose también en las calles.
El acto de recordarles de tú a tú
la importancia de una sanidad pública
comparte la misma forma
y el mismo modo
en que también la ponen en riesgo.

De derecha a izquierda,
desde cada político 
hasta cada fanático,
han conseguido llegar 
al centro de atención;
de tensión;
de crispación;
de violencia.

Me entristece
toda esta confrontación.
Me da rabia
que las fuerzas del estado
se hayan (re)bajado
a la de cada guardia del país.
Me duele que los cuerpos de seguridad
no hayan sido los nuestros.

Ni siquiera lo singular de esta situación
ha podido ser mayor
que las de muchas personas.

Hemos cambiado los aplausos 
por los pasos.
Cada día,
nos asomamos
a la solidaridad,
al ánimo, 
al reconocimiento;
y cuando se presentó la oportunidad de irnos,
nos marchamos
completamente en silencio.

Por lo visto,
a medida que caminábamos,
dejábamos más atrás
la memoria,
el honor
y la dignidad.
Les llegó la ho(n)ra.
Siguen los malos tiempos;
siguen lloviendo lágrimas;
pero ya no nos salpican.
Preferimos empaparnos
por el gusto de colgarnos del sol,
cegarnos por encontrar su luz.

Somos un eclipse
y a la vez, reflejo
de la canción "Nocturnal",
de Amaral:
La Tierra lucha contra el Sol;
y todos los planetas,
en perfecto descontrol.

Y orbitan sobre mi cabeza.

Hemos visto a niños
que han madurado 
con esta dura situación
y a adultos
que se comportan como críos.
Fingiendo aquella inocencia picaresca
que les delatan ser más culpables.

Que si tiro la basura a 1 km,
que si cambio la ruta para pasear al perro añadiendo 2,
que si recorro 3 de paseo,
que si no evito aglomeraciones,
que si me paro con alguien 
a quien me "encuentro" cada día...

Presiento lo que va a ocurrir,
el círculo se cierra.
Mira que te lo advertí.
Esa es mi naturaleza.

En plena pandemia del COVID,
hemos visto otra mucho peor:
la del YOVIP;
la del egoísmo;
la de que yo hago lo que quiero;
la de echar mierda a los demás
sin ni siquiera olerse sus propios pedos.

Los que más peste portan.
A los que la conciencia
les huele a individualidad.
A los que se lavan su propio cerebro echándole excusas y mentiras
y no verdad crítica
para limpiar su conciencia.

La nueva suciedad;
la nueva normalidad;
los nuevos subnormales.
Aquellos que, heridos,
se niegan a recibir una cura de humildad.
Les suena a cuento de Wuhan.
A conspiración:
crearon el virus
para forrarse vendiendo mascarillas,
teniendo hecha la vacuna 
para venderla después.
Todo ello portando banderas, ropa y móviles
que compraron del chino.

Y siguen delirando
por la antigua normalidad.
Contagiándose de discursos.
De odio,
mutuo.
Contactando cínicos.
No habrá vacuna ni remedio que les salve.
Todas esta gente son la pandemia.
Se creen por encima del bien y del mal.
Dioses alados por sus demonios.
Yo nunca les creí:
yo nunca creí en su falta de humanidad.
Pero os invito a rezar conmigo:
ojalá su creencia
de que el virus ha pasado,
(se) les pase.
Ojalá su creencia
de que el virus no es nada,
les contagie
todas y cada una
de sus consecuencias.
Solo a ellos.

Y que nadie les salve.
Ni sus familiares,
ni sus amigos.
Ni sus parejas, 
ni sus hijos.
Que lo sufran
tal y como actúan:
solos.
Por su cuenta.
Sin consideración.

No pueden controlar su vida:
solo te quiero prevenir.
Nunca han tenido disciplina.
No hay nada bueno en ellos.

Seguiré manteniendo con ellos esa distancia 
de dos vidas
por (in)seguridad.
Y cuando vuelva a una terraza
de algún bar,
brindaré por los que se han sacrificado por el bien común.
Por los responsables que lo han mantenido.
Por nuestra salud.
Porque sobrevivimos
a esta doble pandemia.

A un impulso irracional
de destruirlo todo.
De hundirnos y descender
como el Octubre Rojo.

Y volvernos a levantar
cuando hemos tocado fondo
de esta mala racha.

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