Y por seguir hoy despierto,
se desvelan mis recuerdos;
y mientras te pienso,
yo después me bloqueo
en esa puerta del silencio
en la que trato de salir hace tiempo;
en la que riego la soledad que llevo
con cada gota de mis lamentos,
que con rapidez brotan al irme ahogando lento,
por haber respirado el mismo aire que tu aliento
y no arriesgarme a darte ningún beso;
a hacer aquel gesto que nos pedían nuestros cuerpos
desde dentro, en la cúspide del deseo
de fijar un sello a este amor de riesgo
que se mantenía intenso desde lo más lejos.
Sin embargo, hicimos lo correcto,
ir articulando nuestra saliva para guardarla como líquido de
freno;
hicimos lo más incierto;
no dejarla correr para tener un choque sin buscar un
arreglo.
Y es que con tanto apunte de nuestras miradas en destello,
sobró el miedo a dispararnos por si dábamos con el acierto;
seguramente no fuese el mejor momento, ambos lo sabemos,
pero no sabes cómo pesan las balas sin darles ningún
intento,
estando guardadas en mi recámara del dolor y remordimiento.
Desde entonces, voy notando cómo vas siguiendo
sin que tú ni veas cómo voy muriendo
de este amor que en vida va subiendo;
de este amor que quiero mandar al infierno
sin tener que subirlo conmigo al cielo;
de este amor del que me declaro enfermo,
que voy intentando reprimir como buen galeno,
con una receta de drogas de portento
como alternativa, ya que en ti está el remedio.
Y por pararme ahora durmiendo,
que nadie crea que acaba este cuento;
y mientras concilio el sueño,
yo antes te anhelo
en esta cama del tormento
en la que trato de llamar al sosiego.
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