Paro;
maniobro todo este vacío
para aparcar toda la culpa;
vuelvo a mirar atrás,
aunque tenga los ojos de frente.
Vuelvo a tener el mismo accidente:
este inmenso daño que supone
no volver a chocar mi vida
con la suya.
Vuelvo a no salir ileso de aquel impacto,
a seguir manteniéndome intacto
de cualquier roce.
Arranco.
Pongo contacto(s) en marcha.
Piso el embargue,
y sigo;
queriendo adelantar
todo este miedo que me frena.
Pero ahí est(ar)án los retrovisores;
la viva imagen
de que para seguir avanzando,
para llegar a cualquier lugar,
tengo que mirar cada 3 segundos
al pasado.
Por ello,
puedo abrirle las puertas a cualquiera.
El problema
es que ya nadie entra dentro de mí;
porque al final,
tengo la manilla
de ser yo el que se niega a ir a ninguna parte,
aunque quiera dejarme llevar por mis instintos;
porque no puedo alejarla de mí,
aunque quiera (hu)ir hacia el olvido.
Mi corazón es un retrovisor:
si te fijas en mí,
verás todo lo que se refleja en él:
todo lo que va dejando atrás;
todo lo que pasa
mientras sigue avanzando la vida.
Cualquiera entenderá
que no se puede avanzar conmigo;
solo se puede(n) dar vueltas.
Y es que el vacío
siempre rueda
en frío;
y soy yo
quien se pone todas sus cadenas.
Y aún así,
resbalo
cuando trato de esquivar
aquella (in)diferencia suya
que tanto me distinguió.
Mi caja ya no es de cambios;
ya es una caja negra.
Siempre pongo el parabrisas
con el viento a favor,
y el climatizador
cuando hay humedad.
Cambié las luces de emergencia
por destellos que emergen;
los triángulos de señalización
por ceder cada paso;
los chalecos reflectantes
por un salvavidas
que me queda grande.
En la radio,
está la misma sintonización
con la misma frecuencia de siempre:
no hay señal;
suena fuerte y a buen ritmo:
igualito que cada corazon(n)ada.
Amortiguo el peso de esta vida
con el único golpe
de no vivirla.
Esa es la suspensión.
¿Continuará?
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